¡Que viva el perreo!
Todo empezó en el otoño de 2025, cuando mi amiga nos propuso comprar entradas —con un año de anticipación— para ir a ver a Bad Bunny el verano siguiente. Honestamente, nunca he sido de asistir a conciertos multitudinarios, salvo uno de Metallica en Colombia donde gasté mis ahorros de estudiante para ver a la legendaria banda de rock. En esa ocasión, aunque de lejos, logré divisar un punto distante en el escenario: era James Hetfield. No veía mucho, pero sabía que era él. Ahora, la pregunta de si repetir ese mismo ejercicio se presentaba más como un plan de verano entre amigas.
Primero pensé, bueno, no me gusta tanto Bad Bunny, pero he perreado con sus canciones en fiestas sin entender una palabra de lo que dice. Sin embargo, en la prensa ya se hablaba de su álbum Debí tirar más fotos. Las críticas hablaban de un proyecto diferente, que le cantaba a la realidad de Puerto Rico y que, por supuesto, era mucho más político y atractivo para mi espíritu cuestionador.
Y es que, para entender la reivindicación y el amor con el que Benito le canta a su tierra, hay que entender primero la encrucijada de su país. Puerto Rico es un territorio no incorporado y un estado libre asociado con estatus de autogobierno de los Estados Unidos, aunque muchos se refieren a su condición como la de una colonia. Sus habitantes no tienen derecho a votar en las elecciones presidenciales de EE. UU., mientras que la Corte Suprema y el Congreso estadounidense ejercen soberanía sobre la isla.
Esta relación se remonta a 1898, tras la Guerra Hispano-Estadounidense. Desde entonces, el control ha sido estricto. Durante décadas se prohibió el uso de la bandera puertorriqueña y se persiguieron los movimientos locales mediante normativas como la Ley de la Mordaza de 1948. En canciones como Lo que pasó en Hawaii, Benito denunció abiertamente tanto este colonialismo como el turismo masivo que ha ido despojando a la isla.
Conseguir las entradas
Para ir a su concierto hay que pasar la primera gran prueba: lograr conseguir la entrada. Decidimos ir a Milán. Me advirtieron que había que estar pendientes de la fila. «¿Cuál fila?», pregunté. «La fila virtual». Las entradas volaron en cuestión de minutos; las colas colapsaron las plataformas principales de Ticketmaster. En los primeros días se vendió la totalidad de los espectáculos en Europa. Miles de personas pegadas al computador esperando, y a los cinco minutos ya esta casi todo agotado, para un concierto que va a pasar un año después. Afortunadamente, mi amiga logró conseguirlas. Y ¡ohlalá!, listas para ir a Milán.
Confieso que no soy amante del reggaetón; siempre he pensado que cosifica a las mujeres. Pero he aprendido que no es el género, sino las letras. Claro, Benito no está exento de esto, pero mi curiosidad y las ganas de viajar me arrojaron a la aventura. Una semana antes del viaje me dispuse a escuchar su último álbum. Resultó ser un trabajo íntimo, conectado con sus raíces, que se aleja del reggaetón comercial puro para meterse en ritmos tradicionales como la bomba, la plena, la salsa y la música jíbara. Me pregunté qué tanto de ese disco era su propia creación y qué tanto era un producto moldeado por los virtuosos músicos que están detrás de él y de su marca.
¿La emoción colectiva?
Arreglada con tenis y camisa, me pregunté si me iban a aplastar entre la multitud, si alcanzaría a ver algo, o si solo iría a perrear un rato con mis amigas.
Un sol incandescente de casi 35 grados nos acompañó en ese verano milanés. Al llegar al metro ya había decenas de jóvenes, en su mayoría mujeres con brillantina y lentejuelas, listas para la fiesta. El vagón se llenó tanto que la energía era palpable: escuchaban a Bad Bunny en sus móviles y cantaban a viva voz; me sentí parte de esa emoción colectiva.
A la entrada del recinto a campo abierto —el Ippodromo SNAI La Maura—, miles de jóvenes se disponían a entrar. El calor era abrasador: policías, calles bloqueadas, frascos de agua y abanicos para resistir la temperatura. Ya en el concierto, estaba rodeada por cuerpos de fiesta y piel al aire como manifiesto de libertad, resplandeciendo bajo destellos de purpurina y miradas listas para la noche. Cervezas en manos sudorosas, olor a cigarrillo y una que otra ráfaga de olor a marihuana.
¿Cuál es el magnetismo de Benito para que tanta gente joven lo ame? ¿Es un músico real, una marca o solo un show?
Escenario a campo abierto
Inició el concierto, los gritos avisaron. No veía el escenario; solo las pantallas que mostraban a la orquesta. Las cámaras hacían todo el trabajo audiovisual porque desde mi lugar no se divisaba nada. No logré siquiera ver a Benito como un punto distante en el horizonte. Sin embargo, la música en vivo y el sonido real de los instrumentistas despertaron ese espíritu latino a veces dormido de tantos años de vivir en Oslo. Se sentía Puerto Rico en el aire.
Detrás de Bad Bunny hay un ensamble brutal: el cuatro puertorriqueño a cargo de José Eduardo Santana, la profundidad del contrabajo de Krystal Santana, y la percusión tradicional de Ayani Ortiz, entre otros grandes talentos. El viaje del concierto pone primero a Puerto Rico como protagonista, transportándonos del folclore al reggaetón puro para luego regresar a las raíces.
Lo que más me impresionó fue la capacidad de Benito para atrapar a los jóvenes. Me vi reflejada en ellos cuando tenía 24 años y mis ídolos eran Café Tacvba, Gustavo Cerati o Los Fabulosos Cadillacs. Los vi cantando a todo pulmón, conectados con las letras y con emociones vinculadas al amor romántico y a veces tóxico, al perreo y a una identidad. La diferencia con mis ídolos es que Benito Antonio Martínez Ocasio se ha convertido en un fenómeno global.
Tanta gente en Europa perreando... ¡wow! Puerto Rico era el absoluto protagonista en una especie de orgullo latino capitalizado. No sé si todos entendían español, pero vibraban con él. El idioma funcionaba hoy como símbolo de lo latino y de nuestra panamericanidad. Benito rompió la regla no escrita de tener que cantar en inglés para dominar el mercado mundial. Aunque nació en el trap y el reggaetón, nunca se quedó ahí; fusiona desde rock hasta salsa, boleros y folclore puertorriqueño, y se ganó el respeto de una generación de jóvenes al usar su voz para denunciar la realidad política de Puerto Rico.
Aun así, su figura convive con paradojas difíciles de ignorar. Porque mientras le canta a Puerto Rico y denuncia el colonialismo, la gentrificación y al ICE en el Super Bowl, realiza campañas para marcas como Zara —un gigante del fast fashion criticado tanto por la contaminación ambiental, las precarias condiciones laborales y por su insensibilidad ante el genocidio del pueblo palestino—. Pero ¿qué es un artista sino un ser humano atravesado por sus propias contrariedades? Algunos dirán que Benito es un referente de izquierda; otros asegurarán que no, que solo ha sabido capitalizar el sufrimiento de su propio pueblo. Lo cierto es que ha logrado conquistar el corazón de miles de jóvenes que lo admiran tal y como es.
¿Terminó siendo un acierto?
Por un lado, el escenario a campo abierto no permitía ver nada más allá de las pantallas. Pero la música en vivo no se compara con nada y la energía de la gente cantando en un eterno presente es invaluable. Si vas a un concierto así, hazlo por disfrutar de un momento único donde conectas con miles de personas.
Acepto que prefiero los conciertos más íntimos y sigo pensando que Bad Bunny es una marca, una megaempresa que, como otros tantos, ha sabido capitalizar la rebeldía. Tampoco me parece un virtuoso de la música, aunque haya ganado el Grammy a disco del año, pero sí alguien que ha sabido conectar con estas generaciones, poner en alto lo latino.
Ver a los jóvenes perrear, lo colorido y la libertad de tantas mujeres bailando sin prejuicios no tiene precio. Me quedo con su mensaje más simple y directo que dijo el boricua: vivir el presente, no reprocharnos los errores del pasado ni angustiarnos por un futuro que no ha llegado, y decirle hoy a nuestros seres queridos que los amamos. ¡Me quedo con eso!
