Estoy convencida de que a mi hijo lo mataron. ¿Por qué la policía rechazó una investigación completa?

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«No te creas que eres alguien, la vas a pagar», le dijeron a Victor. Cuando fue hallado muerto, la policía dictaminó que fue un suicidio.

Las series de televisión y los pódcasts recientes han devuelto a la actualidad un caso por el que he luchado durante 24 años. Tras el asesinato de Benjamin Hermansen a manos de neonazis en 2001, mi hijo, Victor, fue uno de los que dio la cara por su amigo. Pronunció discursos y habló en los medios. Pocos meses después del asesinato de Benjamin, Victor fue hallado muerto. Ha llegado el momento de que la policía se tome este caso en serio.

Exilio de la dictadura en Chile

A mediados de la década de 1980, dejé la dictadura en Chile para comenzar una nueva vida en un país democrático. Oslo se convirtió en nuestro nuevo hogar, una decisión que tendría grandes consecuencias para mí y mi familia.

Salir de Chile no fue una elección fácil. Pero el miedo por mi familia y mi propia seguridad fue decisivo cuando, embarazada de cinco meses, tuve que correr entre tiroteos para buscar refugio. Es un recuerdo vívido de un país bajo una dictadura que me acompaña hasta el día de hoy. Un régimen fascista que encarcela, mata, censura y persigue a su propio pueblo.

Tenía a Victor en mi vientre cuando familiares que ya vivían aquí me hablaron de Noruega. Describían un país democrático y pacífico. Eso fue determinante para tomar una decisión de vida basada en la paz, la seguridad y una infancia digna.

Ser dueño de la propia historia es fundamental, y cobró especial importancia cuando mis hijos empezaron a sentir curiosidad por saber por qué habíamos elegido Noruega. Mi respuesta siempre era la misma: «Noruega es un país muy seguro. Aquí nos protegen las leyes, las normas y la policía. La libertad, los deberes y los derechos son pilares fundamentales. En Chile no es así. Por eso vivimos aquí».

Acoso y amenazas

Llegó el año 2001 y la muerte de Benjamin nos conmocionó. El barrio de Holmlia y todo nuestro entorno cambiaron. El miedo regresó a mi vida y a mi familia. «Mamá, te equivocaste... ¡Aquí en Noruega también nos persiguen!», me dijo Victor.

La historia se repetía. Tras el asesinato de Benjamin, Victor, mi hijo mediano, se convirtió en un rostro visible en los medios. Sus declaraciones se publicaron, dio entrevistas y pronunció discursos en memoria de su amigo asesinado.

El acoso, las amenazas y las promesas de venganza no tardaron en aparecer en el día a día de Victor. Tuvimos que desconectar el teléfono de casa en un intento de frenar los ataques. Yo misma respondí una de esas llamadas y recibí una advertencia tajante. El mensaje no dejaba lugar a dudas: «No te creas que eres alguien, vas a pagar. ¿Quién te crees que eres? Este es mi país. Te vas a arrepentir».

Victor fue acosado y vivió con miedo durante meses, en la escuela y en el camino al trabajo. Hombres noruegos blancos, neonazis —nunca solos, por supuesto—, aparecían de la nada para infundir un terror y una inseguridad que nadie debería experimentar.

El miedo regresó a mi vida y a mi familia. «Mamá, te equivocaste... ¡Aquí en Noruega también nos persiguen!», dijo Victor.

Denuncié ante la policía tanto incidentes concretos como las amenazas constantes, pero nunca recibí respuesta. Incluso el patio del colegio dejó de ser un refugio. El director se puso en contacto conmigo para asegurarme que la escuela haría todo lo posible por proteger a Victor.

Una larga lista de errores

El 19 de septiembre de 2001, Victor salió como de costumbre a pasear al perro. Iba a encontrarse con un amigo y su mascota. Sus últimas palabras para mí fueron: «Mamá, vuelvo en un rato. Voy a llamar a mi novia, dile que le devuelvo la llamada sobre las 22:00. Cenaré después». Mientras salía, yo buscaba su impermeable, que se le había olvidado.

A las 22:00, llamaron fuerte a la puerta. Al abrir, me encontré con un sacerdote. «¿Es usted la madre de Victor? Sí... ¿puedo pasar?». El sacerdote me dijo que habían encontrado a Victor colgado. Esa noche, yo también morí.

Estoy convencida de que a mi hijo lo mataron. La gestión policial consiste en lo que considero una larga lista de errores de juicio y conclusiones apresuradas que dictaminaron que no hubo ningún acto criminal.

Por ejemplo, no vimos cordones policiales en la zona donde hallaron a Victor. Tampoco hubo señales de investigaciones técnicas. No se interrogó a varias personas relevantes que podrían haber ayudado a reconstruir los hechos o a descartar la posibilidad de un crimen. ¿Por qué había tanta prisa en descartar una investigación completa?

La policía se tomó el tiempo de informar a los jóvenes de Holmlia que la muerte de Victor había sido un suicidio y que debían mirar hacia adelante, pero no se molestaron en vincular su muerte con las amenazas, el acoso y la inseguridad a la que Victor estuvo expuesto.

Su exhortación a permanecer unidos contra el racismo, su empeño en estudiar y su deseo de ser político tampoco se relacionaron con el hecho de que, durante mucho tiempo, le habían advertido: «No te creas que eres alguien, vas a pagar. ¿Quién te crees que eres? Este es mi país. Te vas a arrepentir».

La muerte de mi Victor debe investigarse como debió hacerse hace 24 años. Como madre, exijo ser tomada en serio, tal como lo pedí aquel 19 de septiembre de 2001.

«No olvidar» sigue siendo importante hoy en día. Y yo añado: «Olviden las palabras, dennos acciones. Olviden las promesas, dennos seguridad».

Las críticas han sido presentadas a la Policía de Oslo, quienes no han querido comentar las acusaciones. El diario Aftenposten ha tenido acceso a los documentos del caso.

Isabel Carvajal ha escrito esta crónica en colaboración con su sobrina, Isabel Espinoza.