Noruega | Literatura

No quiero parecer terciopelo

Marit O. Kaldhol ha sido una voz importante en la literatura noruega desde la década de 1980. A lo largo de su carrera ha recibido distinciones regionales, nacionales (noruegas) y europeas.

Esta mañana he ido al Coop Extra. Es octubre y ya se venden los kokosmakroner. No he podido resistirme: me he dado el gusto antes del Día de Nuestros Ancestros, antes incluso de Navidad. Me he comido cinco.

Pensar en la cantidad de azúcar y calorías que acabo de ingerir me lleva a pensar en las mujeres y en esa exigencia, tan interiorizada que a veces cuesta reconocerla, de que todo debe parecer terciopelo. La expresión me remite al libro de Marit O. Kaldhol, alt skal sjå ut som fløyel (Todo debe parecer terciopelo, según mi traducción), en el que, a través de la figura de una mujer ave, la autora explora las expectativas que la sociedad contemporánea deposita sobre las mujeres.

Pienso en la oda a la delgadez, en el cuidado de la piel y del cabello, en la obligación de mantener una apariencia natural que, paradójicamente, exige tiempo, dinero y disciplina. Pienso en la publicidad que me persigue, en el perfume que debería comprarme, en la crema antiarrugas que promete detener el tiempo. Todo parece invitarnos a consumir, a corregirnos, a pulir aquello que somos hasta convertirlo en una versión mejorada de nosotras mismas. Como si el cuerpo fuera una superficie que nunca termina de estar lista para mostrarse.

Y, sin embargo, ¿hasta qué punto podemos disfrutar de nuestro cuerpo sin sentir la necesidad de justificarlo, corregirlo o disciplinarlo? ¿Cuándo el cuidado deja de ser una elección y se convierte en una obligación? ¿Qué hacemos con aquello que no encaja en esa superficie tersa, suave y agradable que se nos pide ofrecer al mundo? ¿Qué hacemos, en definitiva, con lo que raspa, desentona o incomoda?

Si soy honesta, me reconozco como sujeto de consumo. Participo de aquello que cuestiono: también deseo, compro y, a veces, me dejo seducir por la promesa de una nueva versión de mí misma. No estoy fuera del sistema que observo; tampoco puedo mirarlo desde una supuesta inocencia. Escribir se convierte entonces en una forma de detenerme, de reconocer mis contradicciones sin apresurarme a resolverlas. Una manera de preguntarme qué sucede cuando dejo de aspirar a la belleza y me permito ser… mosca. Sí, una mosca que busca tercamente la luz.

Hoy no quiero ser flor, ni cielo, ni montaña nevada. Quiero ser algo incómodo. ¿Acaso no puede serlo también la poesía? Cuando me dicen «ahí viene la poeta, seguro dirá cosas bonitas», me pregunto por qué la poesía tendría que ser bonita. ¿Por qué no podría ser molesta, torpe, incluso desagradable? ¿Por qué habría de ofrecernos siempre una imagen armoniosa del mundo? ¿Y si su tarea no fuera embellecerlo, sino hacer visible aquello que preferiríamos no mirar?

La exigencia de que todo parezca terciopelo no se limita al cuerpo. También alcanza nuestras maneras de estar en el mundo. Se nos pide suavizar las asperezas, disimular las contradicciones y procurar que hasta nuestras inconformidades resulten agradables. Incluso la rebeldía parece necesitar una buena presentación. Podemos cuestionarlo todo, siempre que lo hagamos con elegancia; incomodar, siempre que no incomodemos demasiado.

Pero ¿qué sucede cuando dejamos de suavizar? ¿Qué aparece cuando desviamos la mirada de lo hermoso y nos detenemos en aquello que nos desagrada? Tal vez no encontremos una verdad más pura ni una belleza escondida. Tal vez solo encontremos algo que no sabemos dónde colocar. Y, sin embargo, ese encuentro puede bastar para empezar a pensar.

La lectura de Marit O. Kaldhol me ofrece un lugar desde el que formular mis propias preguntas. Como traductora, acercarme a su escritura ha significado detenerme en sus imágenes, escuchar sus resonancias y explorar las posibilidades de trasladarlas a otra lengua. Traducir no consiste únicamente en encontrar palabras equivalentes: implica preguntarse qué permanece, qué se transforma y qué nuevas asociaciones despierta un texto cuando llega a otra lengua y a otros lectores. Hay imágenes que viajan con facilidad; otras se resisten, pierden algo por el camino o adquieren una vida inesperada. A veces, traducir consiste precisamente en atender a esa resistencia, en no alisar aquello que el texto se empeña en mantener rugoso.

Quizá por eso, mientras pienso en el terciopelo, termino pensando en una mosca.

No es una imagen especialmente hermosa. Tampoco parece ofrecer demasiado material para la poesía, al menos si esperamos de ella flores, cielos o montañas nevadas. La mosca no suele inspirar contemplación: interrumpe. Se posa donde no debe, insiste cuando queremos olvidarla, convierte el silencio en zumbido. Hay algo en su presencia que nos obliga a reaccionar. Y algo más en la violencia, casi automática, con la que respondemos a aquello que nos molesta.

Crónica de cómo tratar a una mosca

En Noruega aprendí cómo tratar a una mosca. Antes las golpeaba con fuerza, a veces con saña, hasta matarlas. Un día, aquí, sí, en Noruega, vi a un amigo atontar una y después llevarla al jardín. Me pareció una manera más correcta de tratar con ellas. Sentí ternura.

O quizá sentí alivio al descubrir que existía otra forma de actuar, una que no exigía matar de inmediato aquello que me incomodaba.

Ahora, cuando recuerdo aquella escena, me asaltan algunas preguntas. ¿Prolongaría mi amigo el sufrimiento de la mosca? ¿Sobreviviría al atontamiento? ¿Cómo se calcula la fuerza exacta para inmovilizarla sin hacerle daño? ¿En qué momento una buena intención se convierte en otra forma de crueldad? La verdad es que no tengo matamoscas y, por ahora, no he conseguido ni atontar ni matar a la que ronda mi cocina.

En fin, me he comido unos kokosmakroner, he cerrado el recipiente y lo he guardado lejos de la mosca. Después me he olvidado de ella.

O eso creo.

He aprendido tantas cosas en Noruega. Entre ellas, el concepto de allemannsretten: el derecho de todos a transitar por los bosques y los campos, a disfrutar de la naturaleza sin necesidad de ser propietarios de ella. Pero ese derecho conlleva también obligaciones: caminar sin dejar huella, llevarse la basura a casa, cuidar aquello que es de todos. La libertad de estar en un lugar implica aceptar que no somos sus únicos habitantes, que el mundo no está dispuesto exclusivamente para nuestro disfrute.

Pienso que quizá haya algo de esa relación entre libertad y responsabilidad en mi manera de mirar ahora a las moscas. No sé si mi amigo tenía razón, si aquella mosca sobrevivió o si su gesto fue realmente menos cruel que el mío. Tampoco sé qué hacer con la que sigue rondando mi cocina. Por ahora, he elegido no matarla.

No quiero convertir esta decisión en una lección moral. Sería demasiado fácil: bastaría con cambiar el golpe por la compasión y dar por resuelto el asunto. Pero sigo sin saber qué es lo correcto, ni si existe una forma completamente inocente de intervenir en la vida de otro ser. Solo sé que, esta vez, he dejado un pequeño espacio entre la molestia y la respuesta. Y que en ese espacio han aparecido preguntas que antes no me hacía.

He pensado en mi cuerpo, en el consumo, en la belleza, en la poesía y en la manera correcta de tratar a una mosca. He pensado también en las superficies que queremos mantener impecables y en todo lo que queda fuera de ellas: el deseo, la contradicción, el error, el zumbido inoportuno. Después he seguido con mi día.

Quizá no haya hecho nada. Quizá la vida de una mosca consista también en eso: entrar y salir de nuestra atención, existir al margen de las preguntas que le atribuimos. Y, sin embargo, mientras ella continúa buscando su luz, yo he encontrado algo en su insistencia: una resistencia a la obligación de embellecerlo todo.

Mientras tanto, sigo comiéndome mis kokosmakroner, consumiendo aquello que cuestiono, habitando las contradicciones que no sé resolver. Y continúo buscando una forma de escribir que no tenga que parecer terciopelo.

Poesía

lleva la mirada oscura

está de pie

trae botas de montaña, no quiere bailar

un tango plano. abre sus alas, ahí

hay un libro en blanco

se arranca una pluma

del pecho. escribe

 

ella se ha insertado un hilo

de acero en la espalda, mueve el cuello

de forma delicada, de aquí

para allá. por fuera se coloca tejidos suaves

capa por capa, encajes y lápiz labial y rímel

de lujo

el hilo debe permanecer intacto

todo debe parecer

terciopelo

el calor asciende amarillo desde la superficie

allí las mujeres con sus lenguas mutiladas.

sus pesados pechos en el regazo, las manos

tejen al ganchillo con azul claro. en lo alto

por el cielo pasan animales voladores. el hombre con

los ojos muy abiertos

está atrapado en el hielo

Marit O. Kaldhol de alt skal sjå ut som fløyel 

Traducción al español de Araceli Gutiérrez Olivares

Marit O. Kaldhol nació en 1955 en Ålesund

Ha tenido una trayectoria larga y variada, y ha sido una voz importante en la literatura noruega desde la década de 1980. A lo largo de su carrera ha recibido distinciones regionales, nacionales (noruegas) y europeas, y varios de sus libros han sido traducidos a otros idiomas, principalmente al alemán, especialmente sus obras dirigidas al público juvenil.

Es maestra de formación y, tras la escuela de magisterio, estudió danza contemporánea en Inglaterra. También vivió un año en Granada, España. Ha participado en numerosos festivales de literatura dentro y fuera de Noruega, entre ellos en Nicaragua, Argentina, México (Oaxaca) y Colombia (Encuentro Internacional de Mujeres Poetas, Cereté), además de algunos en Alemania.

Ha publicado numerosas colecciones de poesía que han sido bien recibidas tanto por la crítica como por los lectores. Entre sus reconocimientos figuran el Premio Europeo Pier Paolo Vergerio (1987), Deutscher Jugendliteraturpreis (1988) por Farvel, Rune, Ålesund bys kunstnerpris (1995), Samlagsprisen (2001), Kulturdepartementets pris for barne‐ og ungdomslitteratur (2006) por Kino y de nuevo en 2010 por Søkeord: ayotzintli, así como la Nynorsk barnelitteraturpris (2015) por Zweet. Aunque ha vivido en distintas partes de Møre og Romsdal, su vínculo con la región occidental y con Ålesund sigue siendo una presencia clara en su vida y en su obra.

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