Aprendimos un idioma desconocido para convertirnos en intérpretes de nuestros padres.
Siendo todavía niños, los acompañábamos al médico, al banco, a oficinas públicas y reuniones escolares. Traducíamos palabras que apenas comprendíamos e intentábamos explicarles un mundo que nosotros mismos recién comenzábamos a conocer.
También los acompañábamos a sus citas con el psicólogo y, en ocasiones, traducíamos sus miedos y dolores. Sin embargo, casi nadie se detenía a preguntarnos qué sentíamos nosotros, cómo vivíamos el exilio o cómo nos afectaban las heridas y los silencios de nuestros hogares.
Mientras nuestros padres recibían ayuda para enfrentar sus experiencias traumáticas, nosotros permanecíamos casi invisibles.
Aprendimos a guardar nuestras preguntas, tristezas y temores para no aumentar las preocupaciones de la familia.
Algunos tuvimos que cocinar, cuidar a nuestros hermanos menores y asumir
responsabilidades propias de los adultos. Al mismo tiempo, debíamos ir a la escuela, estudiar y encontrar nuestro lugar entre compañeros con otra lengua, otras costumbres y una historia diferente.
Crecimos antes de tiempo
Aprendimos a convivir con conversaciones sobre cárceles, persecuciones, desapariciones, torturas y seres queridos que habían quedado atrás. Aunque no siempre comprendíamos aquellas palabras, sentíamos su peso.
Vivíamos entre dos culturas: el país que acogió a nuestras familias y aquel Chile lejano que conocíamos mediante relatos, fotografías, canciones, comidas y recuerdos. Chile era un país real, pero también imaginado, construido a través de la nostalgia de nuestros padres.
Muchos ni siquiera aprendimos el himno nacional chileno. No por falta de amor hacia Chile, sino porque crecimos lejos. Nuestra identidad se formó de otra manera: entre dos idiomas, dos culturas y dos países.
A veces nos preguntaban de dónde éramos y no sabíamos qué responder. Podíamos ser considerados extranjeros en el país donde crecimos y también extranjeros cuando regresábamos a Chile. Así construimos una identidad dividida y, al mismo tiempo, enriquecida por dos mundos.
Entre la nostalgia y el desarraigo
El regreso tampoco fue sencillo. Para algunos significó abandonar nuevamente amigos, escuelas y afectos. Volver a Chile fue, en ciertos casos, vivir un segundo exilio. Llegábamos a una patria que se suponía nuestra, pero que también nos resultaba desconocida.
El exilio no afectó solamente a quienes tuvieron que abandonar el país. Sus consecuencias atravesaron a las familias y alcanzaron a las generaciones siguientes. Los hijos heredamos el desarraigo, los silencios, los temores y la nostalgia por un lugar que muchas veces solo existía en la memoria de nuestros padres. Pero no heredamos únicamente el dolor, también desarrollamos fortaleza, capacidad de adaptación y sensibilidad ante la injusticia. Aprendimos a tender puentes entre culturas y a valorar la solidaridad que tantas personas ofrecieron a nuestras familias.
Fuimos niños que asumieron tareas de adultos, intérpretes de palabras y también de emociones. Ayudamos a nuestros padres a comprender el país que los recibió mientras intentábamos comprender la patria que ellos habían perdido.
Durante mucho tiempo se habló de los perseguidos, los presos políticos, los expulsados y quienes encontraron refugio en otros países, y pocas veces se preguntó qué ocurrió con sus hijos e hijas, cómo vivimos aquella experiencia y qué huellas dejó en nosotros.
Sobre la autora
Leandra Brunet (Santiago, 1961) es una ingeniera, escritora y diseñadora chileno-noruega. Exiliada junto a su madre durante la dictadura de Pinochet, ha dedicado gran parte de su trayectoria al activismo en derechos humanos y la solidaridad internacional. En 1994 fue galardonada con el Premio Nacional de Diseño en Noruega por su innovadora «Exposición en piel de pescado». Como autora y traductora, debutó en la literatura con la novela Amar en tiempos de crisis (Santiago, 2009) y ha sido seleccionada en antologías de Mago Editores.




